- ¿Qué metodología utilizas? —me preguntaban con frecuencia en los medios de comunicación.
- Pues... —pensaba yo—, sobre la marcha.
Aunque debiera matizar un poco, porque al analizar los proyectos que he hecho descubro que no todo se construye sobre la marcha. Es cierto que no parto de una idea preconcebida de lo que haré antes de conocer a los niños, pero sí que hay ciertas actuaciones que se repiten de alguna manera en estos proyectos que he llevado a cabo. Y como esta pregunta se ha repetido tantas veces y me ha obligado a pensar sobre ello ahora soy capaz de desglosar las características comunes que presiden mi trabajo:
Contexto
Lo primero que un maestro debe tener en cuenta es el contexto en que vive cada niño. No es lo mismo
que un niño estudie en un colegio de los que llaman de difícil desempeño o que lo haga en una escuela de un pueblo de doscientos habitantes o en otra de seiscientos alumnos en el centro de una gran ciudad. Son niños y cuentan con los mismos ingredientes, sin duda, pero seguramente tendrán inquietudes distintas. Quizá el niño del pueblo esté pensando en que al terminar las clases se dedicará
a recoger fruta con su abuelo; tal vez el de la escuela de difícil desempeño no lo tiene tan sencillo
cuando juega por su barrio.
Soy maestro pero no lo sé todo
Soy consciente de que esta actitud puede romper con el paradigma del maestro de toda la vida, según
el cual el conocimiento residía exclusivamente en el docente. Sin embargo funciona a la perfección como una herramienta que activa el deseo de participar de los niños.
Cuando llego a una escuela nueva les digo:
—Mirad, soy maestro, pero yo no sé todo. Vosotros podéis enseñarme a mí.
Enseguida empiezan a sentirse implicados y se dan cuenta de que realmente pueden dar de su parte, que pueden empezar a colaborar en su aprendizaje y en el mío, y para ellos esto resulta fundamental.
Confieso que durante todos estos años he aprendido muchísimo de mis alumnos. No solo sirve para que ellos se sientan a gusto en la escuela. Con esta premisa también el maestro está aprendiendo continuamente. La información está en todas partes y pueden venir con cosas muy interesantes que contar. Cuando yo estudiaba, la ventana al mundo era un libro de texto. En la actualidad, miles de datos entran en nuestras cabezas por todos lados, y los niños tienen un acceso a las fuentes de información del que carecíamos en nuestros tiempos de estudiantes.
En este sentido, hay que enfatizar la importancia de que estés a la altura de un niño cuando éste te mire. Por eso creo que las tarimas elevadas para marcar la jerarquía de los docentes ya están fuera de lugar. Esto me trae a la mente una anécdota que me sucedió hace unos años y que seguro repetiría tal cual por muchos que pasaran, y que resumo a continuación.
Timidez
De pequeño yo era increíblemente tímido. Sigo siéndolo aunque lo disimule. Era un estudiante aplicado, sacaba buenas notas en la escuela, pero no me atrevía a levantar la mano. Entonces, cuando el maestro preguntaba y yo me sabía la lección, le susurraba la respuesta a Juan Carlos, que también se sentaba cerca de mí. Desde ese instante, él ya poseía el conocimiento y la decisión para compartirlo. Levantaba la mano, porque Juan Carlos carecía de esa barrera que tenía yo, y por mi parte le miraba con una mezcla de impotencia y admiración.
No puedo permitir que mis niños tengan esa limitación. Sí, puedes ser tímido pero has de saber que tienes que dar un paso hacia delante y superar ese muro estúpido que tú mismo te autoimpones. No puedo consentir que mis niños no sepan hablar en público.
¿Por qué un don tan importante como es el don de la comunicación (oral sobre todo) sigue sin estimularse en las escuelas? Porque hablar en público no solo sirve para impartir conferencias delante de cuatrocientas personas. El hecho de enseñar a la gente a hablar en público delante de los compañeros sirve para que uno pueda expresar sus emociones, compartir sus pensamientos, defender sus argumentos... Seguro que algunos de vosotros o algunas de vosotras os habéis quedado alguna vez callados porque pensáis: «Yo contestaría pero me da vergüenza». Hemos de romper ese muro y podemos conseguirlo desde las escuelas. Se puede ejercitar invitando a los niños a subir a la mesa y empezar a hablar uno o dos minutos sobre cosas distintas. Maestros y maestras, enseñad a los niños a hablar en público. ¡Qué manchen las mesas con huellas de zapatos del 36!
Implicación
Unas páginas atrás me serví del ejemplo de mi padre y mi hermano con la carpintería para referirme a la implicación, que es una de las claves más sencillas para favorecer la motivación. Los niños han de sentirse implicados. Uno está a gusto en un sitio cuando se siente comprometido de verdad con lo que hace.
Pero esa implicación-motivación tiene dos vertientes distintas y ambas son profundamente interesantes. Por un lado, me refiero a implicar a los niños para que ellos se sientan parte de su aprendizaje, como decía antes, pero también debemos invitarles a implicarse con la sociedad y que piensen qué pueden mejorar ellos en el mundo. Tenemos que abrir ventanas, tenemos que tirar muros para que la sociedad entre en la escuela y para que la escuela y la clase salgan a la sociedad. Las puertas de las escuelas han de estar abiertas; no solo para que entren los niños, sino para que sus ideas salgan y transformen el mundo. Debemos invitarles a que analicen lo que sucede fuera, que ejerciten un punto de vista crítico, que interactúen con la sociedad y que reflexionen sobre lo que ellos mismos pueden mejorar, porque los niños pueden hacer cosas increíbles si se les da la oportunidad. En otra de las escuelas donde estuve, el AMPA nos pasó una nota donde solicitaba la opinión de los maestros y maestras para que compartiéramos con ellos qué ideas se nos ocurrían para mejorar un parque que había allí cerca. La nota pasó rápido por el claustro y enseguida se cambió el debate al siguiente tema.
—Dejadme la nota, que preguntaré a los niños qué parque quieren para ellos —dije.
Si ponemos un cartel en un parque en el que se avise de que debe respetarse, el respeto puede durar tanto como el cartel. Si le das a un niño la oportunidad de participar e incluso la responsabilidad de proponer, plantará un árbol, colocará una baldosa... Será el primero que lo respete y el primero que contagie a otros para que lo hagan. Y eso perdurará durante años.
Una señora de otra escuela donde trabajé dijo en un claustro:
—No voy a dejar que los niños rieguen las plantas porque se secan.
Enséñales cómo deben regarlas y dales una responsabilidad para que las cuiden, y luego hablemos
de los resultados.
¿Os gusta vuestro trabajo?
Puede que algunos respondáis que no, que no os gusta vuestro trabajo. En ese caso, y aunque sé que
ahora es difícil encontrarlo, al menos tenéis la opción de buscar otro. Los niños, por el contrario, n cuentan con esa posibilidad, y su «trabajo» consiste en pasar horas y horas durante años en clase. Y la única respuesta que encuentran por parte de los adultos, es esa frase que hemos dicho cientos d veces: «Es tu obligación». También es nuestra obligación ir a trabajar, pero si no nos gusta podemos cambiarlo. Por consiguiente, tenemos que hacer lo posible para que los niños vayan a gusto a la escuela. E ir a gusto significa sentirse implicado, conservar la esencia que uno tiene, mantener despierta la curiosidad, sentir que se le escucha... Todo se resumiría en esta frase: Si no os gusta, podéis cambiarlo; los niños no tienen esa opción.